Habla San Pablo de la Virgen

¿Está María en San Pablo?... ¿Probamos a ver?

¿Quieren saber, amigas y amigos, la lamentación y la pregunta que se me dirigió un día?… Fue ésta: - ¡Ay! ¡Cómo siento no encontrar en las cartas de San Pablo nada sobre María! No sabe lo que me hubiera gustado el que Pablo nos dijera algo acerca de la Virgen!... ¿Por qué no se le ocurrió escribir algo sobre la Madre de Jesús?... 

Esto, lo que se me dijo una vez. Pero, ¿tenía razón quien así se lamentaba y quien hacía esa pregunta?... No, no tenía razón alguna. Porque Pablo, sin poner el nombre de María, la cita una sola vez expresamente a Ella, ¡y vaya lo que nos dice de la Virgen! Al pensar en sus palabras, nos encontramos con que María es la Madre de Dios y la Madre nuestra. Es decir, confiesa la mayor grandeza de la Virgen-Madre, la mayor altura a que ha podido ascender una mujer: ¡Madre de Dios y Madre de todos los redimidos!


Empecemos por las palabras de Pablo, que dice escribiendo a los de Galacia: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para liberar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos” (Gal 4,4-5). Miremos lo que teólogos eminentes y doctores en Sagrada Escritura nos dicen sobre estas palabras de Pablo, tal como las debemos leer en la Biblia.

Esta expresión, “Cuando llegó la plenitud de los tiempos”, nos lleva atrás, muy atrás, en los días de la Biblia. Hasta David, cuando el rey judío recibe del profeta Natán el anuncio de que Dios le va a dar un vástago que será el Mesías, el Rey de los siglos eternos (2S 7,12-16)

Hay que subir más atrás aún, hasta los Patriarcas como Abraham, a quien Dios prometía un descendiente, en el cual serían bendecidas todas las naciones del mundo (Gn 12,3)

Pero hay que ir más atrás todavía, al paraíso, cuando peca Adán, y Dios le dice al demonio escondido en la serpiente: “Voy a poner enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ese descendiente de la mujer te machacará la cabeza” (Gn 3,15)

Sin embargo, aún no estamos en lo último. Hemos de hundirnos en la eternidad de Dios, cuando Dios, como nos dice Pablo, nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo y decretó la encarnación de su Hijo (Ef 1,4)

Al ver Dios a su Hijo que se hacía Hombre, veía también, sin poderla separar de Él, a la Mujer que le iba a dar la carne nuestra, la naturaleza nuestra, la que le iba a hacer un Hombre como nosotros. Por lo mismo, ¿dónde estaba María cuando Dios tomaba estas determinaciones y hacía estas promesas? María estaba en la mente de Dios, como la Mujer elegida que había de dar carne al Hijo de Dios, el cual sería Dios por ser el Hijo Unigénito de Dios, y sería también Hombre, hijo de una Mujer.

La Biblia llama “la plenitud de los tiempos” al momento oportuno en que había de venir al mundo el Cristo prometido. Cumplida esa “plenitud de los tiempos” recordada por Pablo, ahí estaba a punto María, la predestinada por Dios desde toda la eternidad para ser la Madre de Jesucristo su Hijo. Al analizar las palabras de Pablo, nos encontramos con algo sorprendente. En el pueblo judío la mujer no figuraba para nada legalmente, sino sólo el varón. Por lo mismo, el Cristo debía venir y citarse siempre por el padre, nunca por la madre. Y así lo vemos en la genealogía del Evangelio. Pero Mateo, al llegar a José con nombres sólo de varones, uno tras otro, como descendiente de David y de Abraham, detiene su lista, y salta con sorpresa a estas palabras: “José, el esposo de María, de la cual nació Jesús” (Mt 1,16) No entra José para nada como padre de Jesús. Jesús no tiene más Padre que Dios, ni más Madre que María, una MADRE-VIRGEN. Pablo dice lo mismo que el Evangelio: “Dios mandó a su Hijo nacido de mujer”. Expresión clarísima de Maria la VIRGEN, tal como pensaba y lo sabía la Iglesia primitiva, conforme lo escribieron el Evangelio de Mateo y especialmente el de Lucas (Lc 1,35)

 Pablo supo todo esto directamente de los apóstoles que habían estado con Jesús. Nos dice él mismo que conversó ampliamente con Pedro, con Santiago el pariente del Señor, y vio a Juan, el cual tenía consigo a la misma Virgen María (Hch Gal 1,18-21) Por todos ellos se enteró Pablo muy bien de los orígenes humanos de Jesús. “Dios nos dio su Hijo, hecho de mujer, para que nosotros seamos hijos de Dios”. ¿Nos damos cuenta bien de lo que Pablo afirma? Pablo, al saber el origen humano de Jesús, no pudo hablar mejor de María.

En sus palabras hallamos esta confesión fundamental de nuestra fe: Jesús es verdadero Dios y verdadero Hombre, tan perfecto Hombre como perfecto Dios. Y dice mucho más este afortunado texto de los Gálatas: por haber nacido Jesús de María, nosotros somos hijos de Dios. Había llegado la plenitud de los tiempos. Dios nos adoptaba como hijos suyos ya en el seno de María. Hijos adoptados, pero hijos de verdad, porque nos comunicaba su misma naturaleza divina en Cristo Jesús. Por Jesús, el Hijo de Dios e Hijo de María, los esclavos de la Ley se habían convertido en hijos amados de Dios.

La Maternidad de María se nos muestra aquí en todo su esplendor. María es plenamente Madre, totalmente Madre. María es Madre de Cristo, porque le dio su ser de Hombre. María, al ser Madre de Cristo, es Madre de Dios, porque Cristo es Dios. María es Madre nuestra, porque nos llevó con Cristo encerrados en su seno bendito.

Dios había elegido a María desde toda la eternidad para confiarle la misión más grandiosa que podía caber en una mujer: ser totalmente Madre, con una Maternidad que supera en grandeza los cielos y abarca en su amplitud a todas las gentes de la tierra. No cabe otra interpretación de las palabras de Pablo.

En esta misión grandiosa y sublime de María, elegida por Dios desde toda la eternidad, se fundamenta el culto que los cristianos tributamos a María. Honrando a María, la gloria de este culto termina en Cristo su Hijo, de quien le viene a María, la Virgen Madre, toda su grandeza. Jesús, Hijo de Dios, es también Hijo de María, una Madre Virgen. Y siendo Madre de Jesús, es por lo mismo Madre espiritual de todos los redimidos. María, Madre de Dios. María, Madre nuestra. ¡Gracias, Pablo, por lo bien que nos lo has dicho!...

Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección. Y en www.evangelicemos.net

3 comentarios:

Cristian Grijalba dijo...

DE HECHO PABLO SI HABLA DE MARIA CUANDO CITA GALATAS 4 4-5 QUE EL MESISAS ES NACIDO DE MUJER. PERO SORPENDENTEMENTE PABLO NUNCA HIZO ENFASIS EN SUS PREDICACIONES ACERCA DE MARIA SINO ACERCA DE JESUS NUNCA LE DIO ATRIBUTOS DE CO REDENTORA - REINA DEL CIELO. MADONNA - REINA DE LOS MARES - ABOGADA DEFENSORA EN LAS CARTAS PAULINAS Y LAS CARTAS DE LOS APOSTOLES SOLO SE HACE ENFASIS EN JESUS COMO SUMO SACERDOTE REY DE REYES ALGO SORPENDENTE EN 1 DE TIMOTEO 2:5 SE HACE ENFASIS QUE SOLO HAY UN MEDIADOR ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES JESUCRISTO HOMBRE Y EN 1 DE JUAN 2:1 SE NOS DICE QUE SI ALGUNO HA PECADO ABOGADO TENEMOS CON EL PADRE JESUCRISTO NO SE NOMBRA A MARIA PARA DARLE TANTOS TITULOS. ES CIERTO LA RESPETO LA ADMIRO POR SER BENDECIDA PERO NO LA VENERO NI LE PRESTO ATENCION A TITULOS QUE NO TIENE FUNDAMENTOS. JESUS ES EL UNICO CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA EL UNICOQUE HAY QUE PONERLE ENFASIS POR QUE EL FUE EL QUE MURIO POR NUESTROS PECADOS. A EL SEA EL IMPERIO LA GLORIA Y EL PODER

Ruben Osorio dijo...

Hay que dejarse iluminar y en humildad aceptar y aprovechar para nuestro bien, la interpretación de la palabra, que en nada roba gloria a Jesús el Señor.

Carlos Chaparro dijo...

Me alegra mucho que los hermanos separados como el hermano Cristian Grijalba entren a esta pagina para evangelizarse.