Plenitud de los tiempos: Plenitud de la divinidad

De los Sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 1, En la Epifanía del Señor, 1-2: PL 133, 141-143)

CUANDO LLEGÓ LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS, SE NOS DIO TAMBIÉN LA PLENITUD DE LA DIVINIDAD

Dios, nuestro Salvador, hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. Demos gracias a Dios, pues por él abunda nuestro consuelo en esta nuestra peregrinación, en este nuestro destierro, en esta vida tan llena aún de miserias.

Antes de que apareciera la humanidad de nuestro Salvador, la misericordia de Dios estaba oculta; existía ya, sin duda, desde el principio, pues la misericordia del Señor es eterna, pero al hombre le era imposible conocer su magnitud. Continua leyendo......

Es Navidad

¡Dulce Jesús mío ven a nuestras almas ven no tardes tanto!
A todos quiero llevar un mensaje de navidad. Desde joven me gustó dar tarjetas, me llevaba tiempo buscar un mensaje especial, no encontraba la tarjeta que quería dar, entonces, yo mismo las elaboraba.

Hoy quiero seguir respondiendo a este llamado que el Señor me hace para compartir lo que El me dice, hace un momento estuve por rechazar un encuentro de oración, que curioso, respondí hoy no, hoy es navidad. Hace 2 años estaba aquí con mi hermana enferma de cáncer, la acompañé por navidad a la clínica, me sorprendí, ver tantos enfermos allí. La enfermedad, el hambre, el sufrimiento, el dolor y toda consecuencia del pecado no respeta tiempo ni lugar. Pero me confortaba el ver también a tantas personas, médicos, enfermeras y tantos otros, que eran las manos y los pies de Dios, llevando salud, llevando consuelo y reflejando el rostro de Cristo. Hoy vivimos experiencias iguales a las de cada día. Hoy quiero hablar con Dios de las navidades que me ha permitido: de niño, de joven, ahora de adulto; cuando vivía con mis padres, ahora de casado y con hijos. Cuantas navidades no vividas en el espíritu de Cristo, distraído, siguiendo lo que la mayoría hace y vive. Hoy nace el niño esperado, el Salvador, el Rey, el Liberador: El Sol que nace de lo alto. El que puede perdonar nuestros pecados, liberándonos de toda sombra de muerte. Como no cantar las alabanzas, salmodiar, llenarse de gozo; nos ha llegado la Vida, cuando estábamos en la fosa. Quiero seguir escribiendo, La Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, para nuestra salud y remedio. El niño nace un pesebre; y el mundo que lo esperaba no se dio cuenta. Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, yo los aliviaré, dice el Señor. Es navidad, acerquémonos al Dios que se hace niño, considera cuánto nos ama, levanta tu mirada El es misericordioso y adórale, confía y vive navidad.  Me uno a tu oración a la oración de la Iglesia, en el nombre de Jesús, de la mano de María y de todos los santos. Es navidad oh Dios, Padre nuestro, escucha el clamor de tu pueblo que pide un salvador; VEN SEÑOR JESÚS! 

EL MUNDO ENTERO ESPERA LA RESPUESTA DE MARÍA. Lc 1, 26-38

De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre
(Homilía 4, 8-9: Opera omnia, edición cisterciense 4 [1966], 53-54)

Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, condenados a muerte por una sentencia divina, esperamos, Señora, tu palabra de misericordia.

En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida.

Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán, arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados, que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies.

Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza.

Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere Una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna.

¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal olvide ahora la prudencia. Virgen prudente, no temas en este caso la presunción, porque, si bien es amable el pudor en el silencio, ahora es más necesario que en tus palabras resplandezca la misericordia.

Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

La Inmaculada, motivo de consuelo

Intervención del Papa Benedicto XVI, con motivo del Ángelus, 8 dic. 2010-

"¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo", dice el mensajero de Dios, y de este modo revela la identidad más profunda de María, el "nombre" por así decir con el que el mismo Dios la conoce: "llena de gracia". Esta expresión, que nos resulta tan familiar desde la infancia, pues la pronunciamos cada vez que rezamos el Avemaría, nos explica el misterio que hoy celebramos. De hecho, María, desde el momento en que fue concebida por sus padres, fue objeto de una predilección singular por parte de Dios, quien en su designio eterno la escogió para ser la madre de su Hijo hecho hombre y, por tanto, preservada del pecado original. Por este motivo, el ángel se dirige a ella con este nombre, que implícitamente significa: "llena desde siempre del amor de Dios", de su gracia. 

El misterio de la Inmaculada Concepción es fuente de luz interior, de esperanza y de consuelo. En medio de las pruebas de la vida, y especialmente de las contradicciones que experimenta el hombre en su interior y a su alrededor, María, Madre de Cristo, nos dice que la Gracia es más grande que el pecado, que la misericordia de Dios es más potente que el mal y sabe transformarlo en bien. Por desgracia, cada día, nosotros experimentamos el mal, que se manifiesta de muchas maneras en las relaciones y en los acontecimientos, pero que tiene su raíz en el corazón del hombre, un corazón herido, enfermo, incapaz de curarse por sí solo. La Sagrada Escritura nos revela que en el origen de todo mal se encuentra la desobediencia a la voluntad de Dios, y que la muerte ha dominado porque la libertad humana ha cedido a la tentación del Maligno. Pero Dios no desfallece en su designio de amor y de vida: a través de un largo y paciente camino de reconciliación, ha preparado la alianza nueva y eterna, sellada con la sangre de su Hijo, que para ofrecerse a sí mismo en expiación "nació de mujer" (Gálatas 4, 4). Esta mujer, la Virgen María, se benefició de manera anticipada de la muerte redentora de su Hijo y desde la concepción quedó preservada del contagio de la culpa. Por este motivo, con su corazón inmaculado, nos dice: confiad en Jesús, Él os salva.

Acto de veneración a la Inmaculada

Apartes del discurso que pronunció el Papa Benedicto XVI en la Plaza de España en Roma, el 8 dic de 2010, en horas de la tarde.

Ella, MARÍA,nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su “mensaje” no es otro que Jesús, Él que es toda su vida. Nos dice que todos somos llamados a abrirnos a la acción del Espíritu Santo para poder llegar, en nuestro destino final, a ser inmaculados, plena y definitivamente libres del mal: Nos lo dice con su misma santidad, con una mirada llena de esperanza y de compasión, que evoca palabras como estas: “No temas, hijo, Dios te quiere; te ama personalmente; pensó en ti antes de que vinieras al mundo y te llamó a la existencia para colmarte de amor y de vida; por esto ha salido a tu encuentro, se ha hecho como tú, se ha convertido en Jesús, Dios-Hombre, en todo igual que tú pero sin pecado; se dio a sí mismo por ti, hasta morir en la cruz, y así te dio una vida nueva, libre, santa e inmaculada" (cfr Ef 1,3-5).

La mirada de María es la mirada de Dios sobre cada uno. Ella nos mira con el amor mismo del Padre y nos bendice. Se comporta como nuestra “abogada” - y así la invocamos en la Salve, Regina: "Advocata nostra". Aunque todos hablaran mal de nosotros, ella, la la Madre, hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios. Así ve ella la Ciudad: no como un aglomerado anónimo, sino como una constelación donde Dios conoce a todos personalmente por su nombre, uno a uno, y nos llama a resplandecer de su luz. Y quienes a los ojos del mundo son los primeros, para Dios son los últimos; los que son pequeños, para Dios son grandes. La Madre nos mira como Dios la miró a ella, humilde muchacha de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo pero elegida y preciosa para Dios. Reconoce en cada uno la semejanza con su Hijo Jesús, ¡aunque nosotros seamos tan diferentes! ¿Pero quién más que ella conoce el poder de la Gracia divina? ¿Quién mejor que ella sabe que nada es imposible para Dios, capaz incluso de sacar el bien del mal?
¡Gracias, oh Madre Inmaculada, por estar siempre con nosotros! Vela siempre sobre nuestra Ciudad: conforta a los enfermos, alienta a los jóvenes, sostén a las familias. Infunde la fuerza para rechazar el mal, en todas sus formas, y de elegir el bien, aun cuando cuesta y comporta ir contracorriente. Danos la alegría de sentirnos amados por Dios, bendecidos por Él, predestinados a ser sus hijos.

San Juan Diego de Cauhtlatoatzin

Publicado el 9 diciembre, 2010 por Teólogo
Vidente de la Virgen de Guadalupe.
Edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía.

Juan Diego fue un hombre humilde y sencillo, obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad. Poco después de haber vivido el importante momento de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de su Madre, transmitía lo que había visto y oído, y oraba con gran devoción; aunque le apenaba mucho que su casa y pueblo quedaran distantes de la Ermita. Él quería estar cerca del Santuario para atenderlo todos los días, especialmente barriéndolo, que para los indígenas era un verdadero honor; como recordaba fray Gerónimo de Mendieta.

La tradición dice que nació en 1474 en Cuautitlán, México. A diez años de la llegada de los españoles y cuando se iniciaba lentamente la evangelización de Mesoamérica, Juan Diego, que tenía pocos años de haberse convertido y bautizado,se había casado con una indígena llamada María Lucía y residía con su tío Juan Bernardino en el pueblo de Tulpetlac. De acuerdo con la tradición, el día sábado 9 de Diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac, escuchó el cantar del pájaro mexicano tzinitzcan, anunciándole la aparición de la Virgen de Guadalupe. Ella se le apareció cuatro veces entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 y le encomendó decir al entonces obispo, Fray Juan de Zumárraga, que en ese lugar quería que se edificara un templo. Según la crónica que refiere los sucesos del Tepeyac, la Virgen de Guadalupe le ordenó a Juan Diego que cortara unas rosas, que misteriosamente acababan de florecer en lo alto del cerro, para llevarlas al obispo Zumárraga en su tela de maguey. La historia cuenta que, cuando Juan Diego le mostró al obispo las hermosas flores durante un helado invierno, se apareció milagrosamente la imagen de la Virgen, llamada más tarde Guadalupe por los españoles, impresa en la tela. El prelado ordenó la construcción de una ermita donde Juan Diego Cuauhtlatoatzin viviría por el resto de sus días custodiando el tejido y compartiendo al pueblo indígena el mensaje recibido por la Señora del Cielo. Murió en ciudad de México el 30 de mayo de 1548, a la edad de 74 años. Fue beatificado en la Basílica de Guadalupe el 6 de mayo de 1990. Finalmente, fue canonizado en el año 2002 por el Papa Juan Pablo II.

Santa María de Guadalupe
¿Desea conocer más sobre este tema?
Inmaculado Corazón de María